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Porque sí – Primer capítulo

Prólogo

Estaba harto de esa situación. Me frustraba y sabía que aquello me acabaría explotando; yo explotaría.
No podía creer que eso tuviese que pasarme a mí, pero lo que más me costaba entender era por qué cojones ella lo permitía.
—Dime, ¿qué narices vas a contarme hoy? ¿Un torpe accidente contra la silla? ¿O esta vez —hice un pequeño silencio pensando— fue la mesa? —pregunté sin poder ocultar mi cabreo.
—No, solo me he caído —me explicó convencida de que, como siempre, yo tragaría.
—¿Crees que soy gilipollas, Marta? —grité furioso por sus patéticas excusas.
—Mario… no pasa nada. Lo arreglaré, en serio, estaremos bien.
—¿Lo arreglarás? —pregunté indignado—. No tienes nada que arreglar. ¡Estoy hasta las pelotas de ver cómo un maldito hijo de puta maltrata a mi hermana! Y ¿sabes lo peor? —Marta me miraba con temor, pero no hacia mí, sino hacia su marido—. Lo peor es que tú se lo permites. Esto acabará, eso te lo aseguro, no pienso dejar que sigas así. Pero escúchame bien: si no eres tú quien pone fin a esto, seré yo quien lo haga y no sé por qué, pero será mucho peor.
—Mario…—hipó—, él dice que me quiere. Él quiere estar conmigo y con nuestra pequeña. Solo está pasando un mal momento y yo…
—Pero ¿ te estás oyendo? —espeté casi fuera de mis casillas. No podía creer lo que salía de su boca. Estaba justificando sus dementes actos—. ¡Ese tío no te quiere! Ningún hombre que quiera a su mujer le pondría una mano encima para dañarla. Si te quisiera no te haría esto. —Puse la mano con cuidado sobre su hinchado pómulo. Me dolía ver a mi hermana herida por ese maldito cabrón. Tenía que hacer algo—. Déjalo ya —supliqué—. Hazlo o te juro que la próxima vez que te vea algo así lo moleré a palos. No voy a consentir que siga con esto, Marta. Ya van dos veces y no habrá tercera.
Mi querida hermana rompió en llanto y yo la envolví en un abrazo. No soportaba verla de esa manera, pero por desgracia ya era la segunda vez que me tocaba ver las marcas del maltrato del malnacido de Jorge. Muy a mi pesar sospechaba que no eran las únicas que había marcado con su ira el cuerpo de Marta. Siempre supe que esa relación no andaba bien, pero nunca me había imaginado la magnitud del problema. Apenas llevaban tres meses juntos cuando la dejó embarazada a propósito (lo sé porque ella misma me lo contó) y cuando estaba en el octavo mes de embarazo escuché una bronca monumental. Me pareció muy subida de tono, pero, claro, ¿quién era yo para meterme en sus problemas de pareja? No sabía a santo de qué venían esos gritos y, en realidad, no pasaba de ser solo eso: gritos. Cuando mi preciosa sobrina Erica tenía diez meses mi hermana se presentó en mi casa con ella en brazos. Estaba asustada, pálida y con los ojos ahogados en lágrimas. En aquel entonces me dijo que habían discutido. Por lo que me contó, Jorge había llegado bastante borracho a casa y, tal y como averigüé después, puesto de cocaína hasta las pestañas. Pasados los días, cómo no, se reconciliaron y pensé que solo había sido una discusión de pareja. ¿No pasaba eso en las relaciones? La verdad es que no estaba seguro; nunca me había interesado tener relaciones más allá de un buen sexo que me proporcionase placer.
Dos meses más tarde aquella llamada de socorro cambió mi vida. Para siempre.

Capítulo 1

«Tengo que dejarle. Tengo que dejarle. Tengo que hacerlo, no aguanto más». Me he repetido esas palabras como un mantra durante las últimas semanas. Una vez tras otra me he dicho a mí misma que no necesito sentirme como me ha estado haciendo sentir el hombre con el que, se supone, quiero compartir mi vida.
Mi querido novio, Biel, se pasa la vida coqueteando con todas las mujeres «potables» que hay a su alrededor. Siempre dice que me quiere, que soy una exagerada, que está conmigo y que eso debería bastarme para dejar esta actitud tan posesiva. Pero seamos sinceros, si delante de mí es capaz de ser tan zalamero con las mujeres, ¿qué no hará cuando yo no estoy? ¿Qué necesidad tiene de tontear con ellas? Poneros en mi piel, ¿realmente soy yo la posesiva o él es un capullo de campeonato? Más bien pienso que soy una estúpida por tolerar esas situaciones… Y no me apetece seguir tragando con todo esto, así que después de dos años de relación, aquí estoy, a punto de llamar a su puerta para decirle hola y adiós para siempre.
En cuanto abre la puerta, me sonríe y no me pasa por alto que está tan guapo como siempre: con su metro ochenta de altura, su complexión fuerte, un torso donde podría lavar la ropa si quisiera, el pelo castaño, unos ojos azules que hipnotizan y, en resumen, un atractivo admirable. Sí, seguro que estáis pensando que soy gilipollas por querer dejar escapar a tremendo hombre, pero… ¿de qué me sirve todo ese físico? Estoy segura de que ni siquiera soy la única que lo disfruta. Seguramente ameniza las noches de muchas otras y me llamaréis idiota, pero no me gusta compartir. Así que estoy decidida.
—¿Cómo estás, cariño? —me pregunta acercándose para darme un beso escueto.
—Bien, pero tenemos que hablar —escupo antes de que se me vayan las fuerzas para hacer lo que quiero. Me remuevo nerviosa y le miro a la cara.

—¿Qué pasa? Me tienes preocupado —dice invitándome a entrar. Tomo asiento en el sofá y cojo aire.
—Quiero dejarlo —suelto sin más y dejo escapar el aire de mis pulmones.
—¿Dejarlo? ¿De qué hablas? —pregunta como si no me entendiese.
—De nosotros, Biel. Sé que tienes tu forma de ser, pero yo no lo aguanto. No puedo con esto.
—No te entiendo, Vera.
—Estoy harta de que tontees con todas las mujeres. Para ti es algo innato, lo sé, pero yo no quiero esto. No puedo ni quiero cambiarte, pero tampoco voy a conformarme con ello. Llámame celosa, posesiva o lo que te dé la gana, pero ya no puedo más.
—¿Vas a dejarme por eso? Estoy contigo, ¿qué más quieres? —pregunta indignado. Manda huevos.
—No quiero nada, Biel. Para mí, que estés conmigo no es suficiente —me levanto para afrontar lo que se me viene encima.
—Tienes que estar de broma —alza la voz pasándose la mano por la frente. Parece afectado.
—No lo estoy. Lo he pensado mucho y…no puedo seguir con alguien que…
—Puedo cambiar —me corta y se pone a mi altura en un intento de besarme. Me giro sutilmente, de espaldas a él. Maldito hombre, cómo sabe disuadirme.
—No puedes, no funcionará. Por Dios, Biel, ¿cuántas veces hemos discutido por esto? Siempre es la misma historia: durante un tiempo solo tienes ojos para mí, pero enseguida pasa y volvemos a lo de siempre. Sé que eres así y no puedo, ni quiero cambiarte —confieso dándome cuenta de que, pese a que soy yo la que está poniendo fin a esto, me duele. Unas lágrimas empiezan a empañar mis ojos y me giro para que no vea mi debilidad.
—Cariño, puedo cambiar, lo prometo. —Se acerca rozando su pecho contra mi espalda, abrazándome desde atrás.
—No puedes, es mejor que lo dejemos así.
Respiro, me giro, cojo el bolso que he dejado al lado del moderno sofá de cuero y me dirijo hacia la puerta. Al entrar en el ascensor lo veo salir al pasillo en dirección hacia mí y rezo para que se cierren las puertas y baje lo más rápido posible hasta la calle.
—¡Vera, vuelve! —grita y da un par de golpes en la caja de hierro, pero yo ya estoy dentro, a salvo.

 

Después de más de dos semanas sin él, aquí sigo, resistiendo a sus continuas llamadas y mensajes. No sé si os habéis visto alguna vez en una situación similar, pero yo tengo una sensación agridulce. Me explico: le echo de menos, pero en el fondo sé que ha sido la mejor decisión que he tomado en los últimos meses. A ratos me siento sola, pero cuando pienso en todas las posibilidades que tengo frente a mí, se me pasa. Desde luego tener a mi mejor amiga Minerva bajo el mismo techo me ayuda bastante porque al mínimo atisbo de debilidad ella me recuerda por qué puse fin a la relación.
Debería haberlo dejado antes… ¿Por qué me he complicado durante tanto tiempo? ¿Por qué nos machacamos tanto por alguien que no nos hace ningún bien? Quizá algún día, algún estudio certifique que definitivamente al ser humano le gusta padecer. No me hagáis mucho caso, estoy demasiado reflexiva. Pero, en serio, ¿por qué? Soy la dueña de mi vida y quiero vivirla sin nada que me la complique. Ya es bastante complica por sí sola…
Vivo con mis dos mejores amigas en una bonita casa a las afueras de Valencia, en una tranquila urbanización. Soy profesora de inglés; me dedico a dar clases particulares y, en breve, entraré a trabajar como maestra en uno de los centros educativos más exclusivos de la zona. Así que…¿qué necesidad tengo de estar amargándome la vida por un hombre que no me respeta? Ninguna. Todos somos libres para decidir qué queremos en nuestras vidas.
Cierro el grifo de la ducha, salgo envuelta en una toalla mullida, me seco y salgo directa a mi habitación. En momentos como este me doy cuenta de que valió la pena la discusión que tuve con Isa para poder quedarme el dormitorio con cuarto de baño. Es un lujo no tener que salir por el pasillo medio en pelotas.
—¡Joder, qué susto! —escupo acordándome de todos los santos habidos y por haber—. ¿Qué haces, Isabel? ¿Quieres matarme? Porque ha faltado poco para que me pete la patata.
—Lo siento, nena. No quería asustarte. —Pone carita de arrepentimiento y, como parece un angelito, la perdono al instante.
—Podrías haber hecho un poquito de ruido o decirme que estabas aquí.
Me mira y frunce su morrito como cuando vas a pedir un favor enorme y no sabes cómo hacerlo.
—¿Qué pasa? ¿Quieres algo? —pregunto. Seguramente querrá que le preste algún vestido para el fin de semana.
—Ha vuelto a llamar —me informa esbozando una especie de sonrisita—. Está hecho polvo…
—Basta, Isa, por favor. Lo tengo muy claro.
—Lo sé, perdona. Solo… —titubea— me da penita.
—Isabel y su gran corazón —farfullo harta de que una de mis mejores amigas esté apoyando más a mi ex que a mí.
—Oye, solo digo que está pasándolo mal —se queja—. No sé si creer eso que dices de que se ha estado acostando con otras. No tienes pruebas, Vera.
Me quedo pensando un segundo. No, no las tengo, pero a veces mi instinto me basta. El simple hecho de tontear con otras ya me parece una falta de respeto. Habrá quien piense que soy muy posesiva y exagerada, pero es mi vida y no quiero sentirme el resto de ella como me he sentido durante el tiempo que he estado con Biel. No hay vuelta de hoja.
—Da igual, déjalo —digo quitándole importancia al asunto.
Un ruidito en la habitación de Minerva me salva del siguiente asalto de Isa para convencerme de lo magnífico que es mi ex. Me acerco a la puerta y veo asomar su cabecita loca por el pasillo.
—Voy enseguida —anuncia y yo rezo para que no tarde mucho tiempo. No quiero darle la opción a Isa de comerme la cabeza.
Cojo un vestido de licra de color verde oscuro y un conjunto de lencería súper mono, y me lo pongo.
—Por cierto, ¿te gusta el color de las mechas que me han hecho las chicas? —pregunto cambiando de tema. Sé que cuando habla de peluquería y estética se olvida hasta de respirar.
—Sí, te lo han dejado muy bonito; el color chocolate te sienta genial con esas mechitas. ¿Has ido a Rocío Vega?
—Pues claro, ¿dónde iba a ir si no? Me encanta cómo me miman cada vez que voy.
—Por Dios, solo por el masaje vale la pena ir.
—Sí, ¿por qué crees que voy yo? —me río y ella me sonríe. Sabe perfectamente que le he nombrado lo de la peluquería porque quería dejar el tema de Biel.
—A ver… —Con detenimiento estudia el esmalte y las florecillas que hay dibujadas en mis uñas—. ¡¿También has pasado por Star-Nails?!
Me entra la risa y doy un pequeño tirón para recuperar mi mano.
—¡Joder, qué ojo tienes, jodía! —no se le escapa una—. Sí, hoy tenía ganas de mimarme un poco.
—No es que tenga ojo, es que ese diseño tan chulo no podía ser de otra que no fuese mi Rosabel.
—Sí, la verdad es que tiene mucha mano para dejarte unas uñas preciosas.
Oímos unos pasos y al momento entra Minerva con tres botellines de cerveza con tequila. Como de costumbre, las trae abiertas para que ninguna pueda negarse a bebérsela.
—Tomad y bebed —dice dándonos a cada una botella.
—¿Qué celebramos? —pregunto a sabiendas de que no hay necesidad de celebrar nada para tomarnos una birrita.
—Que estamos vivas, sanas y que al menos nosotras dos —Me agarra del brazo y me pone a su lado— estamos solteras. Tú estás más jodida, Isa.
—Ja, ja, perraca. Yo estoy muy feliz con Daniel.
—Claro, porque no tontea con otras. Habría que verte a ti si Dan actuase como Biel.
¡Zasca!
—Ni yo misma lo hubiese dicho mejor —afirmo alucinada con la capacidad que tiene mi mejor amiga para decir exactamente lo que pasa por mi mente.
Le doy un buen sorbo a mi cerveza y me dejo caer en la cama.
—Sois malas —se queja Isa dándole un codazo a Minerva.
—Tengo que defender a mi amiga —se excusa Mine.
—¿Y yo qué?
—A ti no sé qué te ha dado para defender tanto al mujeriego ese.
—Joder… Vale. Perdona, no es que no la apoye. Lo sabes, ¿verdad? —pregunta mirándome a los ojos—. Es solo que no creo que te haya engañado.
—A veces pienso que estás de su parte y… me jode, Isa.
Mi amiga se acerca, se tumba a mi lado y me acaricia el brazo con cariño.
—Lo siento, nena. No quiero que pienses así. Sabes que te quiero y que te apoyo más que a nadie.
Respiro hondo y le sonrío. En el fondo sé que me apoya en todo, pero su inocente y buen corazón la hacen pensar solo cosas buenas de las personas. Lo ve todo de color de rosa, aunque el verdadero color sea el más negro de los negros.
—Sé que es porque eres la persona más inocente que existe en el planeta, pero te quiero, petarda.
Me regala una de sus bonitas sonrisas y me abraza. Siento hundirse más el colchón y al momento tenemos a Minerva tirada encima de nosotras.
—Venga, parad ya que me pongo tonta yo también —dice poniendo morritos.
Las tres nos reímos a la vez al vernos tiradas en la cama con los ojos haciéndonos chiribitas. Qué sensibles que estamos, por Dios.
—¿Qué planes tenéis? —pregunto para cambiar otra vez de tema.
—¿Cómo que qué plan tenemos? ¿No te acuerdas?
Me quedo muda y hago un rápido repaso a mis próximos eventos mentalmente. Y no, no encuentro ninguno, salvo el de salir bien mona a tomar algo.
—Joder, Vera. Te has olvidado —afirma (con toda la razón del mundo) Isa.
—Eh…—intento recordar lo que se supone que he olvidado. Nada.

—Eh…—repite y se burla Minerva—. Es el cumpleaños de su querido Daniel.
—Ah… Algo de eso sí me suena.
—Te lo dije la semana pasada; sus amigos le han organizado una fiesta en casa de Javier y Teresa.
Al oír el nombre de Javier salta al instante una alarma en mi cabeza. Recuerdo perfectamente a la encantadora pareja y la relación tan buena que tienen con mi ex.
—No sé si me apetece mucho ir.
—Vera, necesitas salir y despejarte.
—Sí, pero no quiero verle y sé que él estará allí. No quiero cagarla.
—No voy a mentirte. Claro que estará allí, pero habrá un montón de gente.
—Venga, nena. Arréglate y enséñale a ese capullo lo que se ha perdido por pensar con la polla —me anima Mine.
Me quedo meditando unos segundos lo que me proponen y decido que sí, que ha llegado la hora de dejar de esconderme por miedo a caer otra vez en sus atractivas garras. Además, no quiero que pase como suele pasar siempre en estos casos con el grupo de amigos. Me explico: siempre que una pareja rompe es como si cada uno de los amigos tuviese que elegir de qué lado ponerse, como si fuese un puto partido de fútbol. ¿No es posible sentarse a ver la jugada, tranquilamente, todos juntos? Yo quiero que se pueda, así que por más que se me suba el estómago a la garganta al pensar en verlo de nuevo, iré.
—Está bien —concedo—, ¿a qué hora es?
Las chicas me informan de que han quedado a las nueve para cenar algo de picoteo y después tomar alguna copa mientras le cantan el típico «Cumpleaños feliz». Un clásico, vaya.
Me lo planteo como una prueba para demostrarme a mí misma que puedo estar sin él y seguir adelante con mi vida. Eso sí, quiero estar estupenda y que se muera de rabia por no haber sabido valorarme. ¿Soy mala? ¡No! Solo una chica que empieza a quererse por encima de todo y de todos.
Rebusco en mi armario mi mejor vestido: uno de color verde oscuro con escote pronunciado en pico y el corte cinco deditos por encima de las rodillas. Sexi y elegante. Me pinto los labios de rojo, a conjunto con mis tacones y mi bolso. Cuando empiezo a planchar unos mechones que se han rebelado, veo una cabecita asomar de nuevo por la puerta de mi dormitorio.
—Hola —saluda entrando en la habitación —. He hecho café, ¿quieres uno?
—Claro —le sonrío.
Sé que viene a ver cómo estoy, me conoce mejor que nadie.
—¿Qué tal? —pregunta estudiando mi lenguaje corporal.
—Ya casi estoy —informo mientras cojo la taza de café que me ofrece.
—Ya veo. —Se sienta frente a mí en una pequeña banqueta de madera—. ¿Estás bien? Y no me digas lo que quiero oír —me amenaza.
Me río. Minerva tan directa como siempre.
—¿Vienes a verme como amiga o como psicóloga? —pregunto con sorna.
—Bueno, teóricamente todavía no soy psicóloga, pero la verdad es que creo que necesitas a las dos.
—Quizá…
—Vamos, Vera… ¿qué ocurre?
—No sé —rebusco en mi interior lo que necesito exteriorizar—. Yo lo dejé, pero eso no quiere decir que pueda olvidarlo de la noche a la mañana. Joder, Minerva, tú lo conoces… Es un puto galán y no es fácil resistirse a eso.
Mi amiga se carcajea con ganas.

—No digo que sea fácil, cielo. Pero creo que lo tienes bastante claro. Confías muy poco en tu capacidad para decidir. Aunque… que no te sepa mal, pero yo hubiese seguido tirándomelo durante más tiempo —me confiesa la muy descarada de mi mejor amiga.
—¡Zorrona! —la insulto, con cariño, claro—. No quiero encariñarme más con él; sabes lo bobas que podemos llegar a ser las mujeres cuando nos regalan el oído.
—Sí, sobre todo cuando te regalan bastante más que el oído…
—Menudo bicho estás hecha.
—¿Le quieres?
Esa pregunta me da de lleno en el estómago.
—Sí —afirmo sin pensarlo—, claro que le quiero, pero no soy como esas chicas que miran hacia otro lado mientras sus chicos retozan con otras. No estoy dispuesta a eso.
—Ya, bueno, tampoco sabes si te ha engañado.
—No, pero las dos lo conocemos y sabemos que si no lo ha hecho ya, lo hará en un futuro. No quiero esa vida para mí.
Realmente, siempre he pensado que si hay algo en lo que somos los únicos que podemos decidir es en nuestras propias acciones, esas que hacen que lleguemos a una situación u otra en la vida. Nuestra vida, nuestras decisiones. Por encima de todo.
—Entonces me alegra que lo tengas claro. Ven aquí. —Coge la plancha del pelo y se coloca detrás de mí—. Yo acabo con esto.
—¿Crees que estoy equivocándome?
—No lo sé, pero si crees que podría llegar a ponerte los cuernos es mejor que lo hayas dejado. Si lo hiciese lo mataría y no quiero acabar en la cárcel.
Exploto en una sonora carcajada.
—Estás loca.
—Lo sé, Dios los crea y ellos se juntan. O algo así.
¿Qué he hecho para tener unas amigas como las que tengo? No lo sé, pero estoy muy agradecida por ello.

 

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